El día que se esfumó mi sueño de ser futbolista profesional

Muchos niños sueñan con ser futbolistas profesionales, sobre todo en México, pues es el deporte más popular de nuestro país. Yo no fui la excepción, desde pequeño mi padre me inculcó el amor por el balón, por el deporte y me llevaba a ver partidos de nuestro equipo, el Necaxa, incluso cuando se mudó de la Ciudad de México a Aguascalientes, en ocasiones nos íbamos a aquel estado para verlos jugar. Le dije a mi padre que algún día sería jugador de Primera División y a él le pareció un buen sueño, así que me inscribió en equipos de futbol llaneros, pues decía que así se forjaban los mejores jugadores. Al parecer tenía razón, ya que un visor que se encontraba en las gradas se acercó a mi viejo y le dijo que si estaba interesado en que me dieran una beca para jugar en las inferiores de los Pumas, además de que podría combinar el deporte con los estudios en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Sin pensarlo demasiado, mi padre aceptó. Sin embargo, no duré mucho en el equipo, ya que había cierto favoritismo por algunos jóvenes y cuando hubo recorte de personal, fui uno a los que le cortaron la cabeza, pero eso no mermó mi sueño de ser profesional. Seguí jugando en el llano o en campos empastados, donde fuera y donde me permitieran mostrar mis habilidades como volante. Era rápido, sin mucha técnica para el drible, pero tenía una potencia como pocos, según mi padre. Mis tiros eran un peligro para los porteros, pues en ocasiones aunque metían las manos, éstas se les doblaban y el esférico terminaba en el fondo de las redes. Jugué un torneo en mi pueblo y quedé como campeón de goleo, pero mi equipo se quedó con el tercer lugar. Fue ahí cuando volvieron a llamarme, ahora del equipo de mis amores para jugar con las Fuerzas Básicas del Necaxa.

Después de unos meses de entrenamiento me empezaron a llamar a la Sub 17 y después a la Sub 20, que ya era la División Premier del futbol mexicano. Pese a mis 16 años, ya me estaban dando la oportunidad de codearme con los jóvenes más avanzados. Hacía goles por racimo y metía una que otra asistencia. A veces me decían que era un futbolista solitario que no le gustaba pasar el balón, quizá tenían razón, pues fue lo que me llevó a la ruina. En un partido de Liguilla con la Sub 20, una barrida de un defensor que estaba ardido por un par de túneles que le hice, me rompió la rodilla, como se lo hicieron a Cuauhtémoc Blanco. De inmediato me llevaron al hospital, donde me tomaron unos Rayos X y vieron que era más grave de lo que pensaba. Parecía que mi rodilla se había hecho polvo. Gracias a los médicos pude volver a caminar, pero fueron muy claros al decirme: “No vas a poder jugar futbol otra vez. Ni profesional ni como hobby”. El mundo se me vino encima y mi sueño se esfumó para siempre.