El temor de perder a los padres

La semana pasada enfrente uno de los miedos más grandes que una personas puede tener, la de perder a los padres. Nunca había sentido tanto miedo como esa vez. La muerte es algo para lo que no siempre estamos preparados.

Todo comenzó como una mañana normal, me preparaba para ir al trabajo, estaba desayunando cuando mi madre me llamó. Decía que se sentía terriblemente mal, seguramente era algo muy malo porque ella solía soportar lo que le pasara, si algo la tumbaba es porque era grave. Así que de inmediato la llevé al hospital, en el trayecto me dijo que le dolía el estómago y se doblaba del dolor. Yo trataba de tranquilizarla, hasta que recibí una nueva llamada, mi papá había comenzado a sangrar de la pierna y le dolía, al grado de que le costaba trabajo caminar. El mundo se me vino encima. Llamé a mi hermana para que se saliera de la escuela y llevara a  mi padre al hospital al que ya había llegado con mi madre.

La tendieron de urgencia. La subieron a una camilla y se la llevaron, la vi partir rumbo a los consultorios. Mientras me salí a la puerta principal para esperar a mis familiares. Al verlos llegar me impacté al ver la mancha de sangre en el pantalón de mi papá. Igualmente lo atendieron de forma rápida. Mi hermana estaba llorando e intenté calmarla, como lo hice en el taxi con mi progenitora. Sin embargo, por mi mente pasaba el peor de los escenarios, pensaba en que me quedaría si padres y ahora tendría que lidiar con todas las responsabilidades que eso conlleva. Era tan pesimista que el miedo comenzaba a apoderarse de mí pero trataba de ocultarlo.

Pasó una hora y media cuando una enfermera nos llamó, fuimos a un cuarto donde estaba mi madre dormida y le estaban inyectando suero para rehidratarla. Mi padre también estaba ahí, sentado en una silla con la pierna vendada. Su semblante estaba mejor, igual que el de mi madre. El doctor nos dio sus diagnósticos. Mi madre presentaba un cuadro agudo de gatroenteritis y mi padre había sufrido una leve ruptura en una de sus venas.

El médico mencionó que ambos necesitaban descanso para poder recuperarse, que no hacía falta que se quedaran en el hospital, sólo había que esperar a que mi mamá se despertara. Ella tenía que tener cuidado con su alimentación para evitar complicaciones, ya que como padece diabetes podría haber sido mucho peor, pero reaccionamos de forma rápida.

Por parte de mi padre, tenía que tomar algunas medidas de precaución como hacer ejercicio, dejar de fumar, mejorar su alimentación y evitar calzado y calcetas ajustadas, ya que la próxima vez podría ser peor, como una úlcera varicosa.

Dejamos el hospital junto con mis padres, el miedo se desvanecía poco a poco. Los pensamientos oscuros comenzaban a despejarse, pero la simple idea de perder a mis padres me había provocado tanto pavor que pensé que era hora de comenzar a tomar algunas decisiones importantes de cara al futuro, para que esto no me agarre desprevenido y no me derrumbe.